La Tierra gime haciéndose eco del grito de los pobres, mujeres y niños.

La Tierra gime haciéndose eco del grito de los pobres, mujeres y niños.


Vivimos en una tierra con raíces profundamente religiosas, donde se amalgama la devoción popular, la música, las creencias, leyendas y tradiciones ancestrales.

Una tierra que nutre a sus hijos santiagueños de la savia y fruto de sus árboles sagrados: el algarrobo, el quebracho, el mistol, la tuna…

Una tierra que ve partir a sus hijos en cada cosecha hacia lugares lejanos o a sus hijas en busca de un mejor trabajo en la ciudad, o de estudio, o para forjarse un porvenir más digno.

Una tierra que sufre y se seca cuando faltan las lluvias, o cuando los hijos de otras tierras mas allá de la provincia, evacúan tóxicos químicos contaminándola y enfermándola a ella, a sus ríos y embalses.

¡Una tierra que enferma!

Una tierra que sufre y muere cuando sus bosques y reservas naturales se ven arrasadas y quemadas, porque la miden en escala de productividad. Entonces parece ser una tierra que no rinde, no genera ganancia, no es rentable. Les parece que es una tierra que no sirve.

Una tierra que se transforma porque su clima fue modificado. Sus ecosistemas, su fauna y flora se ven en situación de exterminio.

Una tierra que no solo vio a sus hijas parir, sino que los vio morir y acoger en su seno. Una tierra regada con el sudor y llantos de sus ancestros que lucharon y vivieron en ella, sino que ahora se ve manchada con sangre. Sangre que clama al cielo, como la sangre del justo Abel, asesinado por su hermano Caín.

¡También ellos eran agricultores!

¡Caín volvió a matar! No solo en Monte Quemado a Cristian Ferreyra, sino cada vez que derrama sangre inocente.

Caín mata a su hermano cada vez que una mujer es muerta por su pareja o ex pareja, siempre por manos de hombre y  de forma violenta.

Caín vuelve a matar cuando abusa a una niña o niño. Cuando le explota sexual o laboralmente.

Caín vuelve a matar siempre contra víctimas inocentes.

A veces la sociedad en la que vivimos es la que se Cainisa. A veces somos nosotros los Cainescos, porque lo único que vemos o nos hacen ver en los Medios de Comunicación es la “absurda muerte violenta del inocente, del niño o niña y de cada mujer”.

Caín mata y le damos permiso a ello, cuando solamente nos horrorizamos; cuando solamente decimos: ¿Por qué no se hace algo?

Caín mata porque sus muertes quedan invisibles. Cuando las víctimas pasan a ser las sospechosas o culpables de su propia muerte. Cuando afirmamos: ¡algo habrán hecho! ¡Seguramente ellas lo provocaron! ¡Es un crimen pasional!

¡Y este pensamiento perverso es Cainesco! porque busca disfrazar la verdad.

Dios nos pide cuentas de lo que hacemos y lo que dejamos de hacer. De lo que pensamos y justificamos. Dios nos pide cuentas si en vez de actuar hemos mirado para otro lado para no ver ni oír el grito de la tierra, el grito de los pobres…

Dios pide cuentas, como lo hizo con Caín: “¿Dónde está tu hermano? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mi desde el suelo.”  (Génesis 4,9-10)

25 de noviembre: “Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres.”

Jorge del Viso (Director Editorial)

La Tierra, las mujeres y los niños gimen...

Deje su comentario